sábado, 7 de junio de 2014

Los pasados inolvidables II.

            Una vez comentado lo anteriormente dicho, debemos reconocer que en ocasiones, más que refugiarnos en el pasado, lo que hacemos es evitarlo. Cuando hemos vivido un acontecimiento doloroso, puede que intentemos reprimir su recuerdo, puesto que nos parece la única forma posible de salir adelante. Por ello, debemos ser capaces de afrontar esos recuerdos dolorosos para lograr cerrarlos y seguir nuestro camino, ya que la tranquilidad pasa por la aceptación, y al mismo tiempo debemos ser capaces de afrontar esos malos recuerdos, sabiendo reconocer lo que nos ha hecho pasar, enseñándonos a valorar cómo afrontarlos sin tener experiencia alguna al primer paso para liberarnos de sus influencias.
             Todas nuestras experiencias previas serán las que nos irán proporcionando un repertorio de conductas y formas de pensar, que al haber sido adaptado a nuestra memoria, las incorporamos a nuestro bagaje personal, mientras que las que no nos aporten ningún tipo de beneficio las extinguiremos. Por ello debemos tener en cuenta que, realmente, nuestro pasado y las experiencias vividas en él, son lo que nos condiciona a la hora de seleccionar una respuesta de forma muy personal, para sentirnos emocionalmente en el momento de tomar una decisión.
           ¿Qué podemos hacer entonces? ¿Olvidar todo ese contenido, que es nuestra propia vida? No, no se trata de eso. Si no, recordar el pasado en su justa medida, sin atarnos a él y viviendo el presente, recordar los momentos felices y realizar un aprendizaje de los no tan felices para evolucionar y poder seguir adelante.
            Porque efectivamente, la nostalgia no es mala, siempre que no nos impida seguir nuestro camino, siempre que nos atrevamos a afrontar los malos recuerdos. Si lo vives así: significa que has hecho cosas que te han servido para poder tirar hacia adelante. Y es importante pensar que no serías quien eres si no fuera por todas las vivencias por las que has pasado.
            A lo largo de meditar llego a entender que en la vida muchos  nos van a lastimar, pero tengo que encontrar a esas personas por la que vale la pena sufrir. Tenemos que sonreír, debemos saber soñar y amar. Nunca debemos dejarnos envolver por el pasado.
            El pasado está muerto y enterrado, no tiene regreso posible, solo vivimos el presente que es lo único que tenemos y lo que al final importa más, y sobre todo… tratemos por todo los medios en buscar la felicidad, que a veces está tan cerca, la cual por tenerla tan presente no le damos la oportunidad de llegar a nosotros.

 Meditación: La vida es cruel en ocasiones, pero debemos agradecerle por los momentos inolvidables que nos brinda.
 

jueves, 5 de junio de 2014

Los pasados inolvidables I.

         Bucear en nuestros recuerdos es una de las mejores formas de contactar con nosotros mismos. Feliz o doloroso, el pasado es la base de mucho de lo que somos, y debemos ser capaces de afrontarlo. Nuestra relación con el pasado es a veces triste. A menudo idealizando determinados momentos, muchas veces nos reconforta. Pero cuando es doloroso, en vano queremos huir. Siempre debemos asumir que afrontar el pasado es fuente de sabiduría. Bueno o malo, debemos aceptarlo sin quedarnos “pegado” a él, siendo esta una forma para conocernos mejor y al mismo tiempo tomar impulso para seguir avanzando.
          Una de las variables que ayudan a que un acontecimiento pasa a la memoria a largo plazo es la carga emocional que tiene adherida. Y eso es lo que pasa con algunas de las experiencias de la infancia. Además, con el paso del tiempo vamos perdiendo perspectiva y no solemos recordar las cosas triviales no tan positivas que vivimos en su día. Así es lógico que, en nuestra sociedad del vivir a mil por hora, en la que nuestro propio destino a veces se nos escapa, ejerza una atracción inevitable.
             Pero aunque lo creamos inamovible, también el pasado, o mejor, nuestro recuerdo de él, pueden variar con el tiempo, al recibir más información sobre cómo ocurrieron realmente las cosas, para tener mayor experiencia vital para valorarlas.
              Si nos encargamos de llevar a cuesta todo el pasado, jamás tendremos un futuro, ni siquiera vamos a poder vivir un presente adecuado. Conozco personas que le echan la culpa de sus fracasos a la educación que recibieron de su familia o peor aún a la que no recibieron. Los seres humanos, somos como los animales, aprendemos de nuestros padres o de nuestro entorno, con la diferencia de que nosotros podemos distinguir cual fue un buen ejemplo y cual no.
              Por ejemplo, al convertirnos en padres o madres hace que entendamos mejor un  nuevo prisma de ciertos recuerdos de la infancia o de la adolescencia. Si estamos triste es más fácil que se nos activen los recuerdos de momentos tristes, como puede pasar a la inversa.  Por eso, si de pronto sólo nos vienen a la cabeza los malos momentos, eso no significa que no haya habido buenos. Sencillamente es, que en ese instante, nuestra memoria selecciona aquellos recuerdos que refuerzan nuestro estado de ánimo.
             Si nos valemos de los malos ejemplos, ya el problema no es de nuestros padres, sino de nosotros mismos, pues en el camino aprendimos sobre el bien y el mal, y el saber tomar decisiones. Maravilloso sería si el ejemplo recibido fuera siempre positivo, pues nos facilitaría mucho las cosas. Siempre he dicho que cuando uno actúa con buena intención y es sano de corazón, las cosas se van dando por naturaleza. Pensemos siempre que el buen ejemplo ayuda en estos casos.

 Meditación: Si los recuerdos se guardan en el alma, solo los recuerdos nos llevamos a la tumba.

 

lunes, 2 de junio de 2014

El problema de las prisas.

            Cuántas veces decimos: ¡A mí no me gusta perder el tiempo!, aunque sobre esto, podríamos hablar detenidamente. Ya que es, sin duda la obsesión que tenemos por ir siempre a toda prisa. Es cierto que en la vida hay urgencias y que, precisamente por ello, nos conviene acelerar.
            Es como si el tiempo nos consumiera, cuando en verdad, lo consumimos nosotros a él. Pero al final no dejan de producirnos efectos similares. En verdad la prisa, es otro nombre del miedo. Cuántas veces nos sentimos agobiados, como perseguidos por el tiempo, y es entonces cuestión de “hacer”, pero de ¡hacer ya!, de forma rápida nuestros objetivos.     Tal como está organizado el mundo en que vivimos, es evidente que todo a nuestro alrededor parece gritar al unísono pidiendo urgencia y que muchas cosas resultan materialmente imposibles dejar de hacerlas deprisa. Ahora bien, el hacer las cosas deprisa lleva consigo una angustia en el que las realizas impidiendo hacerlas bien, y con la atención necesaria.
             Es cuando decimos “es que tenía prisa”, parece justificar la insolidaria precipitación, el desprecio por los detalles, la desconsideración para las consecuencias.           No ignoramos que en repetidas ocasiones estamos convocados, citados, comprometidos con otros, con una citación, con un horario o una fecha determinada.
             En esos casos la serenidad, la inteligencia y la adopción de decisiones realistas y concretas son más eficaces que el desconcierto que todo lo estropea. Más significativo resulta quien siempre tiene prisa. No es una situación, es una condición, en definitiva una forma de ser. Y no solo porque desconocemos la necesaria mesura, si no porque se ve afectado su forma de ser, en la dudosa consideración, y en el afecto por los sentimientos ajenos.
             En algún sentido, querer, es no tener prisa con alguien, considerando el espacio sin que nos impongamos la tiranía del tiempo. Cuanto  más  tratemos de buscar remedios a la prisa a base de estirar las horas del día para crearnos compartimentos de escape, más arraigadamente estaremos aceptando el imperio de esta misma prisa, más se separarán el tiempo de descansar, el de trabajar, el de pensar y el de vivir, debiendo tenderse a que estos tiempos no se entremezclen lo más posible. Hay que esforzarse para que el juicio sobre lo que se está haciendo presida cada acción y crezca simultáneamente con ella.
             Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, nos hallamos inmersos en una especie de corriente que nos arrastra. El trabajo, la familia, los horarios, las comidas, el autobús… Siempre hay prisa, ya que todo hay que hacerlo no dentro de un mes, sino “ahora”, o incluso “ayer”. Y por supuesto, no podemos evitar todas esas responsabilidades y obligaciones, pues forman parte de la vida que nos hemos ido perfilando. De todas formas, lo importante es tener claras nuestras prioridades a la hora de distribuir el tiempo del que disponemos.

 Meditación: Si trabajas con prisa, piensas que por muchos años que vivas, no podrás hacer nunca ni la mitad de lo que quisieras.