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viernes, 7 de junio de 2013

La austeridad.

          La austeridad es una de las características que una persona puede desarrollar como parte de su carácter o de su manera de afrontar la vida. En este sentido, la austeridad puede ser definida como un modo de enfrentar las situaciones de manera natural, sin extravagancias, lujos o exageraciones. Muchas veces, la austeridad tiene que ver con la decisión de no exagerar tantos gastos a partir de bajar el consumo. De ese modo, uno no es austero solamente por no gastar dinero sino por no generar demasiado desgaste al consumir menos elementos y productos. Aquí podemos decir que se lleva adelante un estilo de vida austero que no necesita demasiadas cosas y que puede significar comodidad o satisfacción aún sin contar con lujos y exageraciones.
            Podemos decir que la austeridad, nos acerca más al ideal del bien, frente al predominio del mal y de la amoralidad. Ante esto contemplamos que la austeridad es la virtud fundamental para construir una mejor civilización, más cercana a lo que el ser necesita, considerando lo que tiene y vale interiormente, pero no lo que posee.
            La austeridad bien entendida, nos recuerda que podemos progresar continuamente, pero hacia “dentro” Más que un fin, es un camino que halla sus recompensas en los goces y lujos más cotidianos y sencillo, alejándonos de las abundancia material y de los deseos sin fin que caractericen a nuestra sociedad.
            Un ejemplo muy significativo y claro el cual denota la falta de austeridad se suele dar en las familias. Desde que nuestros hijos nacen nos esforzamos en mimarlos en exceso, partiendo del principio de que ha de tener todo lo que nosotros no pudimos alcanzar. Continuamente nos volcamos en facilitarles todo cuanto se les antoja.
            De esa forma, consiguen ropas de marca, juegos electrónicos, todo lo concerniente a tecnología digital, motos, etc. Hemos acostumbrado a nuestros hijos a vivir sin carecer de nada y a conseguir todo sin esfuerzo. Todo esto ha llegado a formar una sociedad insolidaria por la falta de virtudes y valores individuales.
            Si analizamos esta perspectiva, podríamos comprender que el secreto de ese equilibrio está entre la austeridad y la renuncia sistemática que nos impide gozar de los infinitos placeres de la vida; la ambición desmedida que nos vuelve insaciables, nos priva igualmente de la capacidad del disfrute.
            La austeridad bien entendida no tiene nada que ver con la tacañería y la cicatería. Y sí mucho que ver con la generosidad y el desprendimiento aunque parezca mentira. La austeridad siempre está rodeada de cierta elegancia que le hace atractiva. 
            En definitiva, la vida puede dejar de ser una carrera hacia alguna meta y convertirse en un oasis en el que tratemos de gozar de cada momento y situación. La propia austeridad no es un logro que se alcanza y nos permite vivir en consecuencia; en realidad, es más bien una práctica continua, con cada decisión en cada momento, como un camino que se hace paso a paso y que en sí mismo tiene su recompensa.


Meditación: La austeridad no es recortar en educación, ciencia y medicina… la austeridad es recortar en corrupción, comisiones y políticos.

jueves, 9 de agosto de 2012

Los derechos sociales.

             Suele llamarse angustia vital a la duda temerosa acerca del sentido de la vida. (Quizás no muchas gente se la plantea de forma explícita, pero late en la médula de muchos de nosotros.) Aunque hay otra angustia no menos implacable: y es la sensación de desamparo ante un mundo que cada día deja de ser hospitalario y familiar.
            Cualquier miembro de una sociedad que se gobierne a través de un Estado, o cuya coherencia revista esa expresión política, se sentirá angustiado, y cada día más.
            Todo Estado tiende a imponerse sobre los ciudadanos; tiende siempre a transformarlos en súbditos que faciliten su labor, lo exprese o no, tiende siempre hacia “lo que nosotros digamos”.  Porque, ¿qué es el Estado? Un ente al que una sociedad determinada encomienda la prestación de los servicios generales (comunicación, transportes, energías, información, estadística, en definitiva regulación de actividades).
            Aquí podíamos pensar lo siguiente: si el Estado no sirve, pues para mejorar al hombre y la vida del hombre, sencillamente, está de más. O aún peor, interfiere en tal camino, lo interrumpe y lo defrauda, con lo cual se transforma en enemigo. En este caso no hablo de ciudadanos perseguidos, sino de ciudadanos ignorados, que se ensimisman y se callan porque desconfían y no saben a quién recurrir, ya que sus representantes se ha vuelto su adversario, envolviéndolo como una campana neumática, que le deja pasar ni la voz ni el oxígeno.
El Estado ya no es nadie, ni el poder es ya nadie: solo un muro ciego, sordo y mudo, al que no cabe identificar, ni con el de las lamentaciones, porque está sostenido por siniestros dominios, desleales al pueblo al que se deben, siendo de esa manera, solo leales entre sí.
            Los ciudadanos, con la angustia que los desuella y los amortigua, se ven crucificados y soportando entre efectos multiplicadores del mal de muchos. Se ven, digo, manipulados y vapuleados, como quijotes en medio de una situación que no se le ve salida, ignorando por qué y por quién y conque fin; incapaces de asociarse o aferrándose a un poder que nos defienda.
            Y así las cosas; ¿qué podemos hacer? refugiarnos en nuestra soledad como último recurso y resignarnos, siempre desprovisto de esa ilusión de futuro, viviendo el presente aceptando sin mirar hacia arriba ni a nuestro entorno, solo consumiendo de un modo desesperado y sin sentido. En medio de este desconsuelo, el ciudadano se hunde cada día más y más, se hunde en la amarga marea de la soledad. Hasta morir ahogado en ella   

Meditación: Mantenernos en silencio nos hace cómplices y le damos la oportunidad a los poderosos para que utilicen nuestro silencio a su favor.